Una Orden nacida en la cantina de una hostería: los Dominicos

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Una Orden nacida en la cantina de una hostería: los Dominicos

Santo Domingo en oración, El Greco, Sacristía de la Catedral de Toledo

Para evitar cualquier equivocación, explico enseguida el origen de este título, a primera vista irrespetuoso e irreverente hacia Santo Domingo de Guzmán (Calaruega 1170 ca.- Boloña1221), español, fundador de la Orden de Frailes Predicadores (de quien celebraremos la Traslación el 24 de mayo), y, quizás aún más, hacia aquellos que desde hace ochocientos años, mujeres y hombres, participan y testimonian en los cinco Continentes, con la vida y las múltiples formas de predicación, el carisma dominico de la Caridad de la Verdad.

Hace algunos días, hablando con un laico dominico sobre la situación general de ignorancia y confusión que caracteriza el tiempo presente, en todos los ámbitos y a todos los niveles, agravada del hecho que con internet quien quiera que sea puede afirmar lo que quiera prescindiendo de ser verdadero o falso, racional o no (cf U. Eco), él ponía de relieve la increíble actualidad del carisma que Dios dio a Domingo para su Iglesia, de ayer y de hoy: ¡el anuncio de la Verdad!

De hecho, dichas ignorancia y confusión han emergido de modo inesperado, que he podido comprobar personalmente, en miembros del clero, de la vida consagrada y por parte de muchos laicos cuando he publicado las precedentes reflexiones a respecto del Sacramento de la Penitencia y las posibles limitaciones que puede tener el ejercicio de la libertad religiosa por parte del Estado. Este laico comprometido y bien preparado notaba con razón que en realidad la Orden Dominica nació en una cantina en Tolosa (cf P. Lippini, La vita quotidiana di un convento medievale. Gli ambienti, le regole, l’orario e le mansioni dei Frati Domenicani del tredicesimo secolo, Bologna 2008, p. 11), en aquel tiempo cuna del movimiento herético denominado de los “albigenses” (cátaros), donde, por lo tanto, la ignorancia y la confusión dominaban el ambiente. Ya: ¡nacida en una cantina! Este gracejo me ha llamado la atención y me ha provocado las siguientes reflexiones. Sin embargo, para hacer comprender al lector el porqué, recuerdo brevemente el episodio de la vida de Santo Domingo al que el laico hacía referencia, para que no se vaya a creer que la Orden nació en una cantina por ebriedad debida al vino. Más bien nació por esos “vértigos” que sólo el Espíritu Santo puede dar.

Domingo, joven canónigo de la Catedral de Osma, en el otoño del 1203 se encontraba en viaje con el Obispo Diego de Acebes, enviado en misión diplomática a Dinamarca por el rey Alfonso VIII de Castilla, y atravesando el sur de Francia, tomó conciencia de la confusión y de la inestabilidad, a nivel religioso y social, en que se encontraba el pueblo de Dios por causa de la herejía cátara y de las amenazas sobre todo de las tribus paganas de los Cumanos, que de Hungría aterrorizaban con periódicas incursiones gran parte de la Europa del Norte (cf H. Vicaire).

Durante este viaje Domingo se pone en una actitud de religiosa escucha, reflexionando sobre estos acontecimientos que para él, proveniente de un tranquilo y relegado pueblo de la vieja Castilla, deben haber sido un verdadero y propio schock. La Providencia hace encontrar hospitalidad a Domingo y al Obispo Diego en una hostería cuyo propietario era secuaz de la herejía. Pasa, por lo tanto, toda la noche escuchando las palabras de rabia y de desprecio de este hombre que atacaba a la ‘Iglesia rica’, que sería además una cosa sola con el poder temporal, haciendo suyas al mismo tiempo, sin distinguir y pensar, aquellas verdades parciales y absolutizadas que eran propagadas por los herejes. Domingo escucha, no se limita a oír, no juzga al propietario, antes bien se hace cercano a él, pero no con un falso buenismo en nombre del cual le da razón casi confirmándolo en su modo de pensar, si no exactamente al contrario: demuele punto por punto sus certezas y amordaza su rabia. Lleva adelante un verdadero diálogo que se hace sano debate en el plano de las argumentaciones razonadas a la luz de la fe, ayudando el patrón a distinguir lo verdadero de lo falso, entre la verdad del mensaje evangélico y sus adulteraciones que atraen, pero sistemáticamente decepcionan por el simple hecho que el pretendido dios es creado por el hombre, y por lo tanto no existe. En este momento de escucha y en el debate que le sigue, Domingo, como Cristo con los discípulos de Emaús (evangelio proclamado en la Octava de Pascua), parte antes de nada la Palabra (cf Lc 24, 27), hasta que el propietario, como aquellos discípulos, reconoce al único y verdadero Dios revelado por Cristo, pasando de la desilusión, del error, del sentirse completamente extraviado, a la alegría del corazón al descubrir que siempre fue amado y nunca engañado (cf Lc, 24, 31). Descubriendo, como aquellos discípulos, que había creído saberlo todo sobre Él, cuando, sin embargo, jamás lo había verdaderamente encontrado y ni siquiera se había dejado atrapar por el Hijo de Dios. Así como los discípulos de Emaús descubrieron en aquel desconocido, tras haber escuchado y acogido su palabra, a Cristo como compañero indispensable de la propia peregrinación terrena, y deciden volver a Jerusalén de noche, aunque ya no era noche para ellos, también el dueño del hostal se encontrará al amanecer del día siguiente siendo otro. De hecho el nacer del nuevo día verá hacer dos hombres nuevos: ¡el propietario convertido a la verdadera fe y Domingo, que tocado por Dios, ve cuanto sea necesario ayudar al próximo a redescubrir lo que es verdadero, justo, bueno y bello! 

¿Qué ha tocado a Domingo tanto al punto de alterarle su metódica y tranquila existencia? A respecto leemos cuánto fue escrito por su sucesor a la cabeza de la Orden: “Cuando supo que los habitantes de aquella región eran herejes, sintió gran compasión por tantas almas míseramente iludidas por el error” (Iordanus de Saxonia, Libellus de principiis Ordinis Praedicatorum, n. 15: Libellus). Estoy convencido de que Domingo, antes de nada, se haya dado cuenta que por detrás del rechazo y de la rabia de tantas personas hacia la Iglesia institucional de la época, existía una búsqueda del sentido de la existencia, finalmente, una sed de Dios. Sobretodo que dentro de los hombres que se combaten, se desprecian hasta odiarse, hay, al final, las mismas perspectivas y las mismas esperanzas de amor, de intercambio fraterno. Intuye que si se hace emerger, con la verdadera fe y la gracia de Dios, este carozo de bien que hay en cada persona, mejorar es posible. Domingo al mismo tiempo, toma conciencia de las consecuencias que pueden tener la infidelidad de los hombres de Iglesia (no de la Iglesia, sino de aquellos que la traicionan: cf card. C. Journet), pero también de la falsedad y de las mistificaciones de la herejía. Precisamente en la noche pasada en Tolosa dialogando en la cantina con el hospedero hereje, se le revela un mundo nuevo, sus ojos se posan en una realidad sobre la que volcará toda su compasión. Siente crecer la responsabilidad de ser colaborador de Cristo para la salvación de los demás y no escatimará nada de sí mismo haciéndose como Pablo, todo para todos con tal de salvar cueste lo que cueste a alguno (cf 1 Cor 9, 22), para: “acoger a todos los hombres en el amplio seno de su caridad y porque amaba a todos, era de todos amado. Hacía suyo aquel lema: gozar con quien goza, llorar con quien llora” (Libellus, n. 107).

Por lo tanto, Domingo de hecho empezó a ver a partir de aquel dialogo franco y desapasionado en aquella hostería, símbolo para mí del mundo real, la importancia de la caridad de la verdad y de la verdad de la caridad, que marcó su vida y su predicación de la Verdad que es Cristo, sin jamás separarse del abrazo de la caridad (cf Ef 4, 15; beato G. Girotti). Convencido que el hombre no es contra Dios, pero a menudo contra una falsa idea de Dios, dócil al Espíritu Santo, fundó la Orden de los Frailes Predicadores (Dominicos, instituidos por Honorio III con las dos bulas Religiosam vitam del 22 de diciembre de 1216 e Gratiarum omnium largitori” y del 21 de enero de 1217), para que con el testimonio de sus vidas y la profundidad de un estudio sapiencial y no memorista, anunciasen a los hermanos aquella Buena Noticia a la luz de la cual pudiesen percibir el proyecto de amor de Dios y en consecuencia el sentido de sus vidas.

Un carisma de una actualidad sorprendente y sobrecogedora si se mira, como he recordado anteriormente, a la confusión a todos los niveles y en todos los ambientes, que está condenando al hombre a la infelicidad. Una predicación (“… opportune et importune …” [2 Tim 4, 2]), en la intención de santo Domingo, siempre entendida como propuesta y jamás como imposición, y esto en la fidelidad a Cristo que nunca obligó a alguien a seguir el Evangelio: “Si quieres…” (Mt 19, 21).

Una Orden que conjugando la vida contemplativa y la vida activa llega a realizar una excelencia en la vida religiosa, así como nos lo recuerda el Aquinate: “… las obras de la vida activa son de dos géneros. Unas derivan de la plenitud de la contemplación, como la enseñanza y la predicación. Por lo cual también San Gregorio [in Ez hom. 5] afirmaba que las palabras de la Escritura [Sal 145, 7]: ‘Difunden el recuerdo de tu inmensa bondad’, ‘se refieren a los perfectos que vuelven de la contemplación’. Y esto se debe preferir a la simple contemplación. Así como iluminar es más que tan sólo brillar, así comunicar a los otros las verdades contempladas es más que tan solo contemplar. […] Así, por lo tanto, el primer lugar entre los institutos religiosos cabe a aquellos que están ordenados a la enseñanza y a la predicación. Los cuales son, además, los más próximos a la perfección de los obispos: como también en los otros seres ‘el ínfimo del grado superior toca lo que es eminente en el grado inferior’, según el enseñamiento de Dionisio [De div. nom. 7, 3]. El segundo lugar, cabe a las órdenes consagradas a la contemplación. El tercer lugar, finalmente, a los que se dedican a las ocupaciones exteriores” (Sum. Teol, II-II, q. 188, a.6 c.).  

La confusión y la inestabilidad del tiempo de santo Domingo no es una realidad cronológica, sino más bien una verdad ontológica: está relacionada al ser del hombre tras el pecado original, y por lo tanto nada de nuevo bajo el sol (cf Si 1, 9). La actual crisis que estamos viviendo por el covid-19, como toda crisis, está haciendo emerger lo mejor y lo peor de cada uno y al mismo tiempo pone de relieve el perfil de situaciones que evidencian su constitucional absurdidad, en particular si puestas en relación con el bien común que hoy por la globalización, debería calificarse como bien universal. En un mundo ‘perdido’, fácil presa de diversos ‘encantadores’ de turno que prometen todo y lo contrario de todo (justicia, felicidad, bienestar, libertad de hacer lo que se le apetece a uno), se comprende como sea necesaria la caridad de la verdad que Domingo ha intuido ser, en aquella hostería de Tolosa, la respuesta a las esperanzas de toda mujer y todo hombre. A través de un testimonio y un ministerio que lleve a responder a las varias dificultades o carencias de esperanza con las mimas palabras de Pedro a Cristo: “Señor, ¿a quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).

Así como en aquella hostería de Tolosa Domingo se dio cuenta del peligro de la ignorancia y de la consecuente necesidad de educar y de proponer la verdad a las personas, de hacerlas razonar liberándolas de la esclavitud del ‘sentir’, también hoy los frailes predicadores son llamados a todos los niveles de la vida social, pero ante todo a nivel eclesial, a desenmascarar las varias pretensiones de ser eso que no se es y de actuar de un modo contrario al propio bien y al bien de los demás. No permaneciendo espectadores pasivos de aquello que sucede, limitándose a mirar lo que sucede, sino empeñándose en ver los problemas, las dificultades, las dudas, la rabia como ocasión de gracia. No limitándose a cruzarse con las personas y sus problemas a lo largo del camino de la vida, sino deseando siempre encontrarlas. Lo que sucedió en aquella hostería y cambió la vida de santo Domingo, recuerda a las monjas, a los frailes, a las monjas y a los laicos Dominicos, que nuestro carisma nace de encarnar nuestra fe en la vida cotidiana de las personas. Esto exige de todos una coherencia con aquello que libremente abrazamos. En concreto, a cultivar antes de todo nuestra íntima relación con Dios mediante una oración nutrida por el estudio y por un estudio que encuentra sus razones en el deseo de conocer siempre más a Aquel que me ama desde la eternidad (cf santa Caterina di Siena). Solo así podremos dar un testimonio y aquella Palabra verdadera, como Domingo al hospedero, y no nuestras abundantes palabras que muestran toda su insignificancia y producen reacciones contrarias, cuando especialmente son contradichas por la incoherencia de la propia vida.

Domingo, de hecho, fue antes de todo un hombre de Dios (hablaba con Dios o de Dios) y por tanto profundamente honesto, que supo reconocer y darle a las cosas su justo valor. Una de las cosas que más me llamó la atención leyendo su vida, escrita por el P. Lacordaire, fue que él, pobrísimo pues donaba todo a los necesitados, que no tenía ni siquiera una celda propia y pretendía que sus frailes non tuviesen propiedades comunes, exigía para la liturgia cuanto había de más bello y valioso dentro de las posibilidades: nada era demasiado por Dios y todo había que dárselo a quien pasaba necesidad. Leyendo eso, cuando era un joven estudiante de Jurisprudencia, pensé: ¡Éste realmente creía en lo que decía y había entendido como son las cosas!

El hombre de hoy es aquel hospedero de Tolosa, sabiéndolo o sin saberlo, y espera encontrar quien le ayude a salir de las tinieblas de la noche para renacer de nuevo como el nuevo día, y así ser una criatura nueva (cf Gal 3, 26-27). ¿Qué hacer entonces? Responder a esta cuestión sería muy largo y no es éste el medio ideal para afrontar el tema, pero con seguridad todos estarán de acuerdo con cuanto escribió el beato Jordán de Sajonia (1176 ca.-1237), sucesor de santo Domingo a la cabeza de la Orden que así sintetizó el carisma de los frailes predicadores: Vivir honestamente, aprender y enseñar (cf G. di Fracheto, Vitae Fratrum, P. III, C. 8, n. 163). La Orden dominica nació en la cantina de una hostería donde Domingo, hombre profundamente religioso y honesto, aprendió a escuchar al hospedero a quien, a su vez, enseñó la verdad liberadora del evangelio, entonces también nosotros que hemos sido “cautivados” por la actualidad de su carisma, somos llamados a ser honestos, a aprender y a enseñar lo que nos ha sido transmitido por la Revelación y por la Tradición, en esa hostería que es y siempre será el mundo.

El próximo año se festejará el VIII Centenario de la muerte de aquel a quien los que siguen su carisma llaman afectuosamente el Santo Padre Domingo (1221-2021). Como la celebración de cada aniversario en la vida personal o de una institución, éste es ya desde ahora ocasión para balances, propósitos y proyectos. Generalmente en estas ocasiones cada uno expone las ‘joyas de familia’, corriendo el riesgo de no llevar debidamente en cuenta las debilidades y las fragilidades, esas esclerosis que son la normalidad cuando la vida de la persona o de una institución es particularmente larga. Después, especialmente cuando se trata de una Orden religiosa, se piensa casi siempre en ‘reformarla’, esto es, a hacerla retornar a la pureza de los orígenes, olvidando el peligro de semejante operación si no es llevada adelante con inteligencia y fe para percibir la acción del Espíritu Santo en la historia. De una lectura de la historia de la Iglesia al respecto, aprendemos que las verdaderas reformas son las que han logrado hacer encontrar y canalizar exigencias comunes. Promovidas desde lo alto y acogidas desde abajo o iniciadas desde abajo y no obstaculizadas por autoridades iluminadas. Este ha sido el secreto de la unidad de la Orden dominica durante más de ochocientos años. 

En todo caso, justamente muchas iniciativas han sido ya programadas en ese sentido, aunque si en el momento actual, vista la actual crisis por la pandemia, nadie puede estar seguro que podrán realizarse o en qué modalidad, o, incluso, si estará vivo para poder participar. Dadas las circunstancias me he preguntado: ¿cómo puedo personalmente celebrar un aniversario tan significativo para mí, que hace más de cuarenta años experimento el don, en el cual están comprendidos como siempre alegrías y dolores, de vivir el carisma que nos dejó Domingo? De hecho, estoy convencido que finalmente, más allá de las conmemoraciones, del recordar los acontecimientos y las personas relacionados con este carisma, que han contribuido a hacer la historia, lo más importante es mi compromiso personal a vivir honestamente, aprender y enseñar, con todo lo que esto comporta en coherencia con cuánto Domingo ha vivido y nos ha dejado. Todo se resume en una simple, pero al mismo tiempo comprometedora palabra: ¡conversión! Compromiso que es vital para mí y exige una iniciativa personal mía incluso cuando no recibo lo que debería a nivel institucional. No la conversión de los demás, sino la mía, no hecha refugiándose en el pasado, en las exterioridades formales (cuando no en los esteticismos), pero comprometiéndome cotidianamente a poner siempre a Dios en el primer lugar, a dar solo a Él las primicias y no las sobras de mi día (cf Gn 4, 3-7), verificando la veracidad del compromiso de la vida comunitaria, en una comunidad que es siempre lugar de perdón y de fiesta (cf J. Vanier). Descubriendo que estamos donde estamos, no porque nos hemos escogido y nos gustamos porque tenemos las mismas ideas, la misma educación y sensibilidad, sino porque Dios nos ha reunido por la fe. Entonces no se puede pensar en vivir la vida fraterna en una comunidad religiosa solo con las virtudes cardinales (ni siquiera dispensándose de la buena educación, del respeto del que ha llegado por último en relación a quienes ya estaban antes de él), pero son necesarias las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Debo, por tanto, en conclusión agradecer al laico dominico que se salió con lo de que nacimos en una hostería, pues me ha llevado a reflexionar sobre las prioridades y la coherencia del carisma dominico y de mi vida, sobretodo en cómo es vital para todos renovarse para ser un “… hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y en la santidad verdadera” (Ef 4, 23-24), a fin que podamos ser en el nombre de Cristo predicadores de la conversión y del perdón de los pecados, comenzando en la Jerusalén que es el lugar donde Dios nos ha querido (cf Lc 24, 47-48), y aun cuando la vida parezca una desgracia desde el nacimiento o sucesivamente (cf At 3, 2).

Roma, Angelicum,15 de abril de 2020

P. Bruno, O. P.

*Una palabra de agradecimiento al P. Carlos Werner, E. P. por la traducción a la lengua española del texto original en italiano.

**Un resumen de la versión original italiana será publicada en la revista ‘Testimoni’ dedicada a la Vida Religiosa.